Ha sido la primera vez que he pasado las navidades fuera de casa, en otro lugar bastante lejos, a unas 4 horas de avión, y tan distinto a lo que estoy acostumbrado que ha sido toda una experiencia.
Las he pasado en Suecia. Concretamente en Eskilstuna y Estocolmo. Suecia es tan personal y tan extremadamente distinta a España que cada cosa te llama la atención. Amanece a las nueve y oscurece a las tres. Almuerzan sobre las doce de la mañana y cenan a eso de las seis.
Unos horarios que vieven marcados por la jornada laboral y a espensas del tiempo de luz. A partir de las cuatro de la tarde, si no es en la capital, no apetece hacer nada, sólo cobijarte al calor del hogar. Donde se decora todo para la ocasión. El arbol de navidad, las velas rojas, las ventanas con sus típicas lucecitas que hacen tan particular a las casas o edificios o bonitas mantelerías para las largas tardes de comidad. En nochebuena comenzamos con la cena y acabaríamos a las once de la noche. Una jornada fantástica donde incluso Papa Noel, que vive por allí, se acercó a la casa a dejar los regalos. Un momento impresionante para los niños que llevaban horas con la inquitud por las nubes.
Allí, las bajas temperaturas coartan mucho las salidas a la calle y más, para alguien que viene del sur de España. Donde el sol parece estar tan cerca que puedes tocarlo. Aún así, teniendo en cuenta que aunque se esperaban temperaturas bajo cero y hablo de hasta -20, se puede ver la marca en el termómetro, cosa que me alegro que no ocurriera por obviedades, la gente sale. Ellos están preparados para el frio, nosotros no. Una navidades en Suecia pero sin nieve justo hasta el día en que llegamos a España que cayó el termómetro hasta los diez bajo cero lo que produjo la gran nevada del año, según comentaron familiares. Aún así ha sido otra gran experiencia vikinga junto a Tessan, gracias.


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